OBSERVATORIO DE LA INTERVENCIÓN SOCIAL

En un artículo titulado «El auge de lo social» el filósofo francés Gilles Deleuze subrayaba la inevitable dificultad existente a la hora de definir con claridad «lo social»: «Como se trata de un dominio de contornos vagos —decía—, debemos ante todo reconocerlo por el modo en el que se constituye, a partir de los siglos xviii y xix”. Sin duda, una breve mirada al sector hace patente la complejidad de este, conformado como está por una miríada de prácticas no unificadas y de problemas heterogéneos. Ese objeto escurridizo de la investigación e intervención sociales al que se acostumbra a llamar “la cuestión social” se dice, como el ser de Aristóteles, de muchas maneras. No es sólo que, como pusiera de relieve Robert Castel, la cuestión social haya sufrido importantes metamorfosis a lo largo de su, por lo demás, no muy larga historia; es, además, que en su interior se agrupa un conjunto escasamente coherente de problemas: ¿Qué relación existe  la educación sexual, la despoblación rural, la ebriedad, la pobreza, la infancia en riesgo, la violencia de género, el sinhogarismo, la discriminación racial, el riesgo de accidente laboral, la convivencia vecinal, el suicidio y tantos otros problemas que, de un modo u otro, caen bajo el epítome de la cuestión social?

Por otro lado, el campo de la Intervención Social se encuentra integrado por un sistema institucional ampliamente diversificado que incluye desde servicios públicos hasta grandes y pequeñas empresas, pasando, por toda una institucionalidad híbrida formada por una multitud de fundaciones, oenegés y organizaciones sin ánimo de lucro en la que se mezclan lo público y lo privado o, más en concreto, en la que lo privado se financia con fondos públicos. Como no podría ser de otra manera, para quienes trabajan en el campo de lo social la diversidad institucional se especifica como condiciones de vida y de trabajo profundamente desiguales. Entre los trabajadores de lo social encontramos desde altos funcionarios y directivos buenos salarios y vidas profesionalmente satisfactorias, hasta personal no remunerados bajo la figura del voluntariado; sin olvidar, por supuesto, a la gran masa intermedia, jerárquicamente estructurada, de profesionales cuya labor en muchos casos obtiene escaso reconocimiento tanto social como salarial.

En cualquier caso, esta diversidad institucional no deja de ser un síntoma de la pluralidad de modalidades con que se concibe la Intervención Social y de las tensiones internas al campo a la hora de definir los objetivos de la práctica de dicha Intervención. Atrapada desde sus orígenes mismos entre una misión benefactora al servicio de los necesitados y una misión de control moralizador de las clases populares, las diferentes almas que habitan en el cuerpo de la Intervención Social siguen pugnando entre sí, si bien esta pugna se materializa de maneras distintas dependiendo de los contextos históricos. La Fábrica de lo Social se dirige de manera eminente a esta cuestión y, más en concreto, a cómo esta pugna se concreta en la actualidad. En tanto que Observatorio de la Intervención Social, trata de desplegar un análisis crítico que permita dibujar una línea de demarcación lo más nítida posible entre la pulsión de repetición que hace de las técnicas de intervención mecanismos para la reproducción del orden social y de las desigualdades que le son propias, y la pulsión transformadora que, al contrario, indaga en los modos a través de los cuales introducir cambios sustanciales que nos conduzcan a una sociedad más justa.

Estamos construyendo un lugar que se llama La Fábrica de lo Social, un lugar que nunca acabe de construirse y, precisamente por eso, no pueda destruirse. Un lugar donde discutir, estudiar, pensar, proponer, criticar, preguntar, volver a preguntar, enfadarse, reírse, volver a enfadarse, organizarse y actuar. Un lugar al que sois bienvenidas-os.

El discurso de la lucha no se opone al inconsciente: se opone al secreto […] En la medida en que el secreto es una de las formas importantes de poder político, la revelación de lo que ocurre, la «denuncia» desde el interior, es algo políticamente importante

Michael Foucault, Un diálogo sobre el poder, 1981

Soy titulada en trabajo social, y durante las décadas de 1990 y 2000 trabajé como terapeuta en un centro comunitario de salud mental en el Bronx. A mis clientes los obligaban a seguir un «tratamiento» después de ser encarcelados por delitos menores (la ley sobre crímenes de Clinton), perder sus trabajos y viviendas por ello, o simplemente porque tenían que demostrar a los servicios sociales o a la Seguridad Social que necesitaban un SSI [siglas en inglés del ingreso mínimo de inserción] o cualquier otro subsidio para comida o alquiler porque sufrían una enfermedad mental. Algunos sí estaban seriamente enfermos, pero muchos otros solo eran personas pobres en extremo acosadas de manera constante por la policía; sus condiciones de vida volverían «mentalmente enfermo» a cualquiera. Mi trabajo consistía en realizar sesiones de terapia básicamente para decirles que todo era culpa suya y que mejorar sus propias vidas era su responsabilidad. Y si participaban todos los días en las sesiones que, por otra parte, permitían a mi centro facturar a Medicaid, el personal debía copiar su historial médico y enviarlo a una oficina de la Seguridad Social para que pudieran optar a subsidios por discapacidad; cuanto más papeleo tuviese su expediente, mayores eran sus posibilidades. Tenía grupos como «Control de la ira», «Habilidades para salir adelante», etc. ¡Eran cosas insultantes e irrelevantes! ¿Cómo se puede hacer frente a la falta de comida, o a controlar la ira contra la policía cuando está abusando de uno? Mi trabajo era inútil y nocivo. Muchas ONG se aprovechan de la desgracia creada por la desigualdad. Ganaba muy poco con ese trabajo, pero aún me duele profundamente saber que era algo así como una proxeneta de la pobreza.

David Graeber, Bullshit Jobs, 2018

Mi trabajo no consistía en alojar, aconsejar o ayudar a los indigentes en modo alguno, sino en recopilar toda la documentación necesaria (documento de identidad, número de seguridad social, pruebas de ingresos, etc.) para que la unidad de alojamiento temporal pudiese reclamar los subsidios de alojamiento. Tenían tres días para entregarlo todo, y si no lo hacían o no podían hacerlo, yo tenía que solicitar a los asistentes sociales que los echasen del alojamiento temporal. Obviamente, las personas sin hogar con adicciones a las drogas suelen tener ciertas dificultades a la hora de aportar dos justificantes de ingresos, entre muchas otras cosas, pero ocurre lo mismo con quinceañeros abandonados por sus padres, veteranos de guerra con estrés postraumático y mujeres que huyen de la violencia doméstica

David Graeber, Bullshit Jobs, 2018

Por si fuera poco, mi trabajo está financiado por fundaciones benéficas, otra larga cadena de trabajos de mierda que va desde empleados como yo, que solicitan dinero, hasta los altos directivos que sostienen que sus organizaciones luchan contra la pobreza y que «hacen del mundo un lugar mejor». En mi caso, esto consiste en pasarse horas buscando los fondos adecuados, leer sus directrices, pasar tiempo analizando cuál es la mejor forma de llevar a cabo las peticiones, cumplimentar formularios, hacer llamadas telefónicas, etc. Y eso es solo el principio: si se pasa esta fase, luego tengo que dedicar aún más horas todos los meses a recopilar estadísticas y rellenar más formularios de control. Cada fundación tiene su propio catecismo y sus propios indicadores, y cada una exige unas pruebas concretas de que estamos «empoderando» a los necesitados, o «creando cambios» o innovaciones, cuando de hecho lo que hacemos es poco más que malabares con las reglas y el lenguaje en nombre de las personas que necesitan ayuda con el papeleo para que estas puedan seguir con sus vidas

David Graeber, Bullshit Jobs, 2018