El triunfo y la rápida expansión del neoliberalismo como racionalidad gubernamental desde al menos la década de los 80 del pasado siglo XX supuso transformaciones de calado en lo concerniente a la forma-estado. Si el periodo de postguerra se había caracterizado por la introducción en gran parte de los países del centro del sistema-mundo capitalista de políticas de bienestar social y la consolidación de un sistema que David Garland ha bautizado como “complejo penal-welfarista”, la revolución neoliberal impulsada por las élites capitalistas ha supuesto el progresivo abandono de muchos de los elementos asistenciales y el reforzamiento de las estrategias punitivas. Así, los servicios sociales se han visto abocados a rearticularse como parte la necropolítica contemporánea.

En ese sentido, el Estado parece cada vez menos capaz de desplegar estrategias de promoción del bienestar y de reducción del daño social, hasta el punto de convertirse más bien en un administrador de dicho daño. Claramente alineados con los intereses de las grandes corporaciones capitalistas, los Estados no parecen dispuestos a hacer otra cosa que gestionar el malestar social, distribuyendo de manera desigual el sufrimiento producido por un sistema económico asentado en la explotación del hombre y de la naturaleza. Analizar cómo el welfare están siendo sustituido por el painfare resulta imprescindible para entender cómo la Intervención Social se despliega siguiendo la línea que lleva al desastre, así como para imaginar otras posibles vías de salida que, al contrario, en el seno de la contradicción entre vida y capital, se pongan del lado de la vida.

Se convoca una asamblea de las aves. Llegan al cónclave los patos, las gallinas, los faisanes y otras muchas aves. Entra el cocinero a la reunión y dice: ‘Les vine a consultar con qué salsa desean ser cocinadas’. Todas las aves se sorprenden, asustadas se ponen a charlar por lo bajo. Una de ellas toma la palabra: ‘Disculpe… no queremos ser cocinadas con ninguna salsa’. A lo que el cocinero responde rápido y tajante: ‘eso está fuera de toda discusión’

Eduardo Galeano