Vivimos en sociedades que algunos sociólogos han dado en denominar sociedades “post-trabajo” y, sin embargo, tener un empleo sigue siendo condición necesaria, que no suficiente, para acceder a los umbrales mínimos de bienestar. El workfare es una de las formas específicas en que se despliega el painfare. En paralelo a la tendencial pérdida de centralidad del trabajo en el proceso de autovalorización de un capital cada vez más financiarizado que extrae sus beneficios de la explotación directa de la vida, esto es, de las actividades de reproducción social de la vida, la importancia de dicho trabajo como mecanismo de disciplinamiento no ha hecho sino adquirir más y más importancia. Esto se hace especialmente patente en la obligación que, como condición a la recepción de ayudas sociales, se exige a los desempleados de realizar cursillos de empleabilidad, talleres de recualificación, aceptación de trabajos claramente absurdos, etc., en un contexto de desempleo estructural.

Por otro lado, el trabajo hoy adquiere cada vez más la forma de actividad temporal a obra o a proyecto, de contratación precaria, de escasa o nula proyección a futuro, con salarios bajos, alta inseguridad y protecciones mínimas. Como propuso Fredric Jameson en Representing Capital: A Reading of Volumen One, quizá hoy podamos leer El Capital de Marx no tanto como un libro sobre política y ni aún siquiera, tampoco, sobre el trabajo, sino como un libro sobre el desempleo. Tras la crisis de 2008 y la brutal contracción del mercado laboral derivada de ella a través del antepenúltimo impulso a la tecnologización de los procesos productivos, no es casual que la gestión de las sobrepoblación relativa se haya convertido en uno de los temas centrales a la hora de pensar las sociedades contemporáneas, así como los dispositivos asociados al control de estas poblaciones. La segregación de la población sin trabajo, que tiende a aparecer como desechable, es gestionada a través de una compleja malla que incluye desde la segmentación racial y la división sexual del trabajo hasta las políticas migratorias, la militarización de las fronteras tanto internas como externas, la policialización del espacio urbano o la aplicación de sistemas de control blando asociados a los profesionales de lo social.

Sin embargo, simultáneamente a esta recomposición de las relaciones de explotación, nuevas formas de resistencia al disciplinamiento y de rechazo del trabajo no han dejado de surgir. Respecto a este último, vemos el crecer el movimiento espontáneo de lo que se ha dado en llamar “La gran renuncia”, por la cual miles de personas están abandonando sus empleos y poniendo como prioridad su bienestar antes que las obligaciones derivadas del trabajo; pero también cómo se contagian formas aparentemente menores como los retrasos injustificados, la pereza, la irregularidad o la indisciplina. Del mismo modo, se detecta la emergencia de todo un nuevo sindicalismo protagonizado precisamente por las figuras que venían ocupando los estratos más bajos del mercado laboral. El conflicto entre capital y vida está lejos da haberse cerrado definitivamente en favor del capital.

El concepto fundamental en las ciencias sociales es el poder, en el mismo sentido en que la energía es el concepto fundamental de la física.

B. Russell