La filósofa y bióloga feminista Donna Haraway, en un toque de humor, proponía simplificar la compleja incardinación de ejes de opresión que caracteriza nuestro orden social por una expresión que la resumiera. Apostaba por llamar a la modernidad colonial, capitalista, racista, sexista y heteronormativa con la locución más breve de “esa cosa escandalosa”. Y, sin duda, el escándalo y la indignación que produce un sistema social que no deja de producir y reproducir desigualdad, discriminación y sufrimiento están en la base de cualquier abordaje crítico de la realidad contemporánea. Es sobre ese escándalo y esa indignación que se vienen desarrollando toda una serie de movimientos de rechazo al actual estado de cosas.
Desde muy diversos puntos se vienen constituyendo focos de resistencia que ponen en entredicho la aparente necesidad con que se impone la desigualdad y se reparte el daño social. Estos focos son lugares de creación de nuevas formas de comunidad en la refriega, polos de organización autónoma de las subalternas y espacios para la construcción de alianzas entre diferentes. Es desde ahí que se están ya abriendo las grietas en los establecido, grietas desde las que pensar y actuar de otras maneras, desde donde planificar la subversión de las penosas condiciones de vida y de trabajo a las que se ve abocada la mayoría de la gente.
Aprender de esas resistencias, extraer las enseñanzas de las que son portadoras, extender con ello su efectividad y, por ende, intensificar las luchas sociales en pro de los desfavorecidos resulta clave a la hora de trazar formas virtuosas de Intervención Social y de evitar convertirse en un engranaje de la reproducción de las formas más terribles de violencia y dominación.

Justo en el momento en que pretende dar lecciones de democracia a culturas y tradiciones diversas, la cultura política de Occidente no se da cuenta de que ha perdido por completo su canon.

G. Agamben